Tzchar el dragón rojo salió a toda velocidad de su cueva en las laderas de las montañas Khalkhist al sureste de Blode, la nación de los ogros. El dragón iba realmente molesto puesto que un insignificante problema se había multiplicado; el problema, que había que cortar de raíz, tenía nombre y raza: Guideron Hoja Oscura, el elfo oscuro. Así se le conocía y así se presentó ante los ogros que lo acosaron cuando se interno en sus terrenos y en los del temible Tzchar, conocido como Trueno Ígneo
Cuando Tzchar supo que aquel ser de la oscuridad había entrado en sus tierras, lo había subestimado e ignorado, pues ¿tenía un dragón algo que temer de un elfo? Por muy oscuro que fuese no dejaba de ser un elfo, y por lo tanto era un mortal y los… mortales podían morir, ¿o no?
Estos eran los pensamientos que corrían por la mente de Tzchar, puesto que por una extraña razón temía al elfo, había algo en él que le hacía peligroso. Mientras remontaba los cielos trató de rememorar la actuación del elfo y el porqué de sus temores. Guideron había llegado al bosque en silencio después de hacer frente a una que otra patrulla ogra, y con una extraña clase de magia había dado muerte a varios miembros de la tribu de los Cuernos Rojos. Los amedrentados ogros que sobrevivieron se vieron sometidos al elfo el cual, a cambio de información sobre el dragón, les había perdonado la vida.
Tzchar había oído eso de primera mano por medio de sus espías en casi todas las tribus de Blode. Pensó, aterrado, que sin duda elfo venía tras sus tesoros. Sutil, Trueno ígneo movió sus hilos e hizo que sus espías le trajesen información sobre las intenciones del elfo.
Cuando las descubrió no le gusto lo que averiguó, puesto que al parecer el elfo iba tras su tesoro más querido: las Gemas Naranjas–Carmesí.
Trueno ígneo descendió con tranquilidad frente al bosque y luego lanzó un rugido que hizo que todas las aves del bosque salieran disparadas en todas las direcciones.
—Veo que has venido —respondió el elfo con su meliflua voz—. Es un honor, mi señor; loada sea Su Oscura Majestad.
—Déjate de chanzas, maldito elfo, y dime de verdad qué deseas —le imprecó el dragón, dando una demostración del típico mal carácter de los dragones carmesí.
—¿A qué os referís, señor mío? —inquirió de nuevo Guideron, esta vez poniendo una expresión de inocencia que dejaría a los kender como novatos en el arte de la sutileza.
—Sé que deseas esta gema —se señaló el collar que llevaba al cuello— y por una extraña razón sé que serás capaz de conseguirla, pero lo que quiero saber es por qué diantre la deseas.
—Fácil —fue la escueta respuesta —mi dios me ha ordenado que las consiga todas.
—¿Es que hay mas? —inquirió el dragón, sin dejar de reflejar toda la avaricia que su rostro y los de su raza poseían.
—Sí, y os ruego que me la deis.
—¿Y si no lo deseo?
—Te la arrebataré y con ella tu vida —dijo el elfo.
Tzchar lanzó una estruendosa risotada y continuó sonriendo durante un buen rato, rió y rió hasta que sintió algo romperse dentro de él, y luego, con lágrimas en los ojos, se dirigió a Guideron.
—Eso lo quiero ver.
—Entonces las cartas están echadas, no hay vuelta atrás —le dijo; y en un tris desapareció en las profundidades del bosque.
Tzchar seguía riéndose, esta vez por la cobardía del elfo fanfarrón, rió hasta que de nuevo sintió algo, esta vez bajo él.
Trueno ígneo apenas tuvo tiempo para eludir las cientos de raíces que salieron propulsadas del suelo en dirección a él. Tzchar se elevó pero las raíces, cual manos o tentáculos, lo seguían, cada una más rápidas que la otra. Con su ígneo aliento las quemó, se valió de sus zarpas, pero aquello de nada servía, pues mientras más raíces aniquilaban más surgían; se hallaba luchando contra el bosque entero.
—Diantre —gritó al eludir una raíz que trataba de atravesarle un ala. Se elevó lo más alto que pudo y se dio cuenta de que el “fabuloso plan del elfo” había fallado, pues el bosque no podía seguirle hasta allá arriba. Con sorna sonrió y rápidamente conjuró una bola de fuego que arrojó hacia las frondas, con la esperanza de que todo el bosque se incendiara, y con él se fueran sus problemas.
Guideron, con Flauta en mano, observó como el dragón lanzaba una bola de fuego contra el bosque. Con una sonrisa en los labios se detuvo, solo para reiniciar de nuevo con una tonada distinta, una que calmó al bosque y al fuego con él.
—¡Qué iluso! —comentó divertido, a la vez que tocaba una nueva tonada, esta era distinta a las demás, más movida, más marcial. Era un viejo canto silvanesti que databa de la era de los sueños, de las Guerras Kinslayer. El canto apelaba enardecía a los elfos, denunciando las atrocidades cometidas por el hombre contra la raza elfa. Guideron odiaba a los elfos que lo habían desterrado, pero no podía odiar el legado de su raza; era lo único que extrañaba de su tierra.
Tzchar también oyó aquella tonada, pero no la reconoció, ya que él era un dragón muy joven y desconocía todo la cultura élfica. Siguió volando, pensando en una mueva forma de hacerle frente al ingenioso elfo. Tal era su ensimismamiento que no se percató que el claro cielo de primavera se había oscurecido y que cientos de rayos y truenos recorrían los cielos como amos indiscutibles.
El primero apenas le rozó el flanco izquierdo, pero bastó para sacarlo de sus ensoñaciones. Rápidamente comenzó a maniobrar y, con una habilidad encomiable, el dragón consiguió eludir los resplandecientes venablos que el cielo arrojaba en su contra; Tzchar se dedicaba solamente a evitarlos lo mejor que podía, sin percatarse de la altura que tomaba o la dirección que escogía.
Solo supo lo que ocurría cuando la primera raíz elevada le arañó el vientre. Estaba condenado. Durante un instante creyó escuchar un “te lo dije” por parte de un inexistente elfo…
—¡Maldito! —masculló mientras recobraba altura y eludía las saetas eléctricas del cielo. De repente, una le rozó el ala, hizo que se desequilibrara y comenzó a perder altura. Mientras caía musito un conjuro de levitación para elevarse de nuevo, pero era demasiado tarde: una liana ya lo había atrapado.
Guideron observó, entre divertido y desconcertado, como las raíces y lianas azotaban al dragón contra el suelo rocoso. Flemático, el elfo abandonó el bosque. Como ya no tocaba el cielo se había calmado, pero el color seguía amenazando la tempestad. Tzchar sintió una ira creciente dentro de él a la par que las raíces y las lianas lo fijaban al suelo, y transformó aquella ira en furiosas llamas. El elfo, consiente de ello, inició una nueva tonada. Tzchar se dio cuenta que era una especie de nana, como las que cantan las ayas a los niños para hacerlos dormir rápidamente. Sintió cómo la ira cedía, cómo su cuerpo se relajaba, hasta llegar al punto de perder el control sobre él.
—¡Maldito elfo! —le imprecó—. ¿Qué me has hecho? ¿Qué magia extraña es esta?
Guideron lo observó con calma. En su rostro se dibujaba un amago de sonrisa, pero en sus ojos se podía ver una frialdad que sería capaz de congelar al mismo infierno.
—No fue magia —respondió— sino intervención divina.
—Imposible —le atajó el dragón—. Yo he conocido a muchos clérigos y ninguno posee tal poder.
—Es intervención divina —repitió el elfo, ignorando la interrupción de la cual había sido objeto— pero no de una clase convencional, fueron… ¿cómo decirlo?, fueron los modos bárdicos.
—¿Modos bárdicos? —inquirió—. Ningún modo, blanco o rojo, puede hacer esto.
—Tú lo has dicho —dijo el elfo—, eso no lo habrían hecho aquellos modos… pero los oscuros, sí.
—Los modos oscuros no existen.
—Ahora sí. Yo los creé. Por esa razón me han expulsado de mi tierra. He creado tres modos: el Chemita, el Zemboino, el Takhisiano —continuó, sin expresar emoción u orgullo alguno—. Hoy te he vencido con estos tres modos.
—¿Cómo has podido obrar semejante prodigio? —inquirió el dragón, que había olvidado la ira y preguntaba con genuina curiosidad.
—Fue difícil, puesto que las musas de Branchala se niegan a inspirar al mal, por eso yo he utilizado las gemas de la inspiración de Sirrion.
—¿Qué?
—La gema que posees es una de esas gemas, creadas en los albores del tiempo por el mismo Sirrion para motivar a los faltos de inspiración, y al ser neutrales pueden ser utilizadas por cualquiera… yo ya utilicé tres.
—Si ya posees tres, ¿por qué ansias la mía?
—No me estas oyendo, noble bruto —gritó el elfo—: he dicho que he utilizado tres, las gemas inspiran, pero para crear algo tan poderoso como un modo se necesita mucho poder, y este solo se puede obtener al destruir la gema.
—Y, ¿acaso crees que te la daré?
—No tienes opción —dijo el elfo, llevándose su flauta a los labios. Al son de una dulce melodía, una liana se movió para extraer del cuello del dragón el collar donde estaba engarzada la gema. Guideron la tomó entre sus dedos.
—Magnífico —susurró, exultante, el elfo.
—¿Qué será de mí? —dijo el dragón.
—Dentro de poco las lianas te soltarán y serás libre. Te recomiendo que no me sigas.
—Se nota que eres un idiota, elfo —le imprecó el dragón, molesto—. Te seguiré y te daré muerte, no habrá paz en todo Ansalon para ti… mátame.
—Si eso es lo que deseas… —respondió Guideron mientras entonaba el canto de los rayos. En unos momentos el cielo se oscureció al máximo y una serie de rayos golpearon el cuerpo del yaciente dragón. Los gritos de dolor de la bestia inundaron todo el valle y resonaron a través de toda las montañas, mientras que el olor a carne socarrada inundaba las fosas nasales de Guideron.
—Lo siento —se disculpó ante el cadáver socarrado del dragón—, pero he jurado dar muerte a todo lo que se interponga entre mí y el éxito. Y, ¿ahora, a dónde? —inquirió a un ser insustancial que se comunicaba con él desde las profundidades del abismo.
« Ve por el mago azul de Rocacolmillo» le recomendó la voz.
—Entonces así será —respondió Guideron. Flauta en mano, se puso en dirección al noreste.
«Aquella noche fue lluviosa. Sí, recuerdo que llovía a cántaros; yo era culpable en parte de aquella tormenta, pues la lluvia había venido del este como un montón de nubes oscuras de paso lento, vacilante, extremadamente delgadas. Recuerdo que las estaba observando desde la ventana de mis aposentos, tañí mi flauta y mientras tocaba una melodía improvisada, el viento comenzó a arreciar, y con él tanto las nubes como el cielo se oscurecieron… Lunitari, Solinari y —ahora visible para mí
— Nuitari desaparecieron bajo la densa capa de nubes oscuras que yo, Guideron Hoja Oscura había conjurado… no recuerdo cómo llegó, ni cuando, solo recuerdo… recuerdo el llanto a mis espaldas. Aquella noche me giré como un niño aterrorizado y me di cuenta del error que había cometido. Allí, en mi espartano aposento, yacía mi amado maestro arrodillado en el piso, una ruina viviente, tan solo mascullaba un “¿Por qué lo has hecho?”. Se sentía culpable puesto que él había sugerido sin quererlo aquella loca idea que llevé a cabo cuando la gema Naranja Carmesí llegó a mis manos.
»—Sí, lo hice —respondí con descaro—, sé que no hay vuelta atrás, maestro… pero… lo hice por el arte —agregué titubeante —. Él asintió; por alguna extraña razón él me entendía, supongo ahora varias décadas después; estoy seguro que aquella parte de él que me comprendió fue su deseo de libertad y caos, aquel deseo de salir del inflexible sistema en el cual los elfos silvanestis, maldito sea el día que E´li los creó, se encerraron. Su dureza e inflexibilidad lo abarcaría todo y lo abarcará hasta el día en que alguno de mis nuevos dioses dé al traste con aquella raza hipócrita.
»Tampoco recuerdo como él y la guardia llegaron, solo sé que llegaron. Siris Estrella del norte, mi eterno rival y segundón, llegó con la guardia de la ciudad y me acusó de traición a la nación, los dioses y al arte. De todas sus acusaciones esta de más comentar que la que más me dolió fue la de traidor a todo lo que yo he amado: el Arte, la Música.
A punta de espada me llevaron a uno de los pocos calabozos que existen en Silvanesti. Allí pase semanas, supongo que me dejaron aislado y solo en aquel lugar lúgubre y cerrado para quebrantar mi espíritu… ¡qué ilusos fueron! Pues mi alma no se quebrantó sino que se fortaleció tras el encierro, se reconfortó en la oscuridad que viviente, en cierto modo, vino a mí para proponerme el pacto de mi vida. Un pacto tácito que yo acepté.
»Sin música, solo en la oscuridad, me perdí y me reencontré al descubrir que era mejor que ellos, más fuerte, que me hacían esto por era diferente y por que me temían, ¿Mal? ¡Ja! El único mal allí fue su hipocresía…
»Me perdí cuando abandone la luz que me daba la espalda, ya no oiría ni sentiría los modos blancos, ya no podría ver a Solinari a los ojos y sentirme reconfortado, ya no era un elfo… ya no era un silvanesti.
»De nuevo me llevaron a punta de espada, ¿habían pasado dos o veinte días? A ciencia cierta lo desconocía, lo único que sabía era que este seria mi juicio mi expulsión… aun ahora no sé si reír o llorar al evocar aquel día, solo recuerdo que me acusaron de crear una aberración, de practicar magia negra, de matar el espíritu del arte y de dar muerte al espíritu de mi maestro.
»También sacaron a relucir el hecho de que mi hermano mayor fuese un espada cantante desertor y que mi padre haya preferido la compañía de los humanos, los esclavos kalanesti y las demás razas, a convivir con su pueblo.
»Mi nombre fue borrado de todos los registros de la hermandad Bárdica, fui maldito, con calma acepté las maldiciones de los demás y mi responsabilidad en todo lo acaecido. Realmente pude haber sido más, pude sustituir a mi maestro y haber alcanzado el puesto más alto entre todos los bardos del país… pero mi amor al arte y a la exploración me llevo a sucumbir y a caer más bajo de lo que se ha podido caer.
»Soy un elfo oscuro, soy un desterrado del mundo de la Luz y el Bien, un exiliado, la última manifestación de todo lo que es subversivo y distinto en un mundo gobernado por mentes cuadradas.»
El retumbar del trueno lo sacó de sus ensoñaciones. Sintió el calor de la hoguera en junto al frío y la humedad de la lluvia. Los mercenarios de Neraka contratados para aquella aventura cuchichearon cuando lo vieron despertarse sobresaltado. Estaban charlando tranquilamente mientras se caldeaban. Eran cuatro seres ruines, como casi todos los mercenarios que habitaban la urbe y que habían formado parte de las ahora desaparecidas fuerzas de los Señores de los Dragones.
—¿Se encuentra bien, señor? —le preguntó uno, disimulando el desprecio que sentía por él. Guideron asintió.
—¿Qué sabéis del mago azul de Rocacolmillo? —Los cuatro hombres se miraron entre sí con horror cuando oyeron aquel nombre. Guideron sabía que aquellos mercenarios se hallaban dispuestos a asaltar a aquel a quien tanto temían merced a la suma que les había pagado y a la recompensa que les había prometido al finalizar aquella aventura. Sin duda había sido una buena idea saquear los tesoros del difunto Tzchar.
—Es una criatura horrible —respondió uno, el más viejo y despreciable. El hombre tendría alrededor de unos sesenta o cincuenta años de edad; sus rasgos eran aguileños, una cicatriz de aspecto desagradable nacía en la base de su ojo derecho y moría en el labio superior.
—Se dice que carece de aspecto —continuó — por que es capaz de tomar la forma de cualquier ser que vea.
—¡No! —le interrumpió otro de los hombres—. Es un engendro, mitad goblin y mitad mula, un demonio que se come otros seres para obtener así sus poderes y espíritus.
—Maldito sea el día que visteis la luz del mundo —imprecó el viejo— el monstruo es como yo digo.
—¿Cómo? ¿Pones en duda mi versión? Vómito de kender, ¿acaso quieres probar el filo de mis espadas? —acto seguido, el joven hizo un gesto de desenvainar sus dos espadas, pero al sentir la gélida mirada de Guideron en su cuello se detuvo.
—Está bien —respondió el elfo con calma—. Será mejor que descanséis y guardéis vuestras fuerzas para mañana, pues… mañana descubriremos qué versión es cierta.
Ardolik observaba desde un saliente a un grupo de arañas de fase en un claro del bosque, varios pasos por debajo de su actual posición. El mal llamado “mago azul” estaba tratando de aprender de aquellas bestias antes de incorporarlas a su cuerpo. Ardolik era un ser extraño; cualquiera que no hubiera visto cuando era humano hubiera pensado que era un monstruo.
Él había sido un portentoso mago de túnica roja que había propuesto al Conclave de Magos su gran teoría de añadir a su cuerpo partes de criaturas especiales, a través de un complejo ritual y formulas alquímicas. Así, el mago podría transformarse en un ser distinto, casi superior.
Su teoría había resultado demasiado controversial por el hecho que aquello implicaba; a Ardolik se le había ordenado que cesara en su investigación, él, como buen investigador, trató de buscar apoyo entre los distintos grupos que conformaban el conclave, pero no lo halló. Frustrado y molesto se volvió un renegado y juro vengarse del conclave, recorrió Krynn y puso en práctica sus controversiales teorías y gracias a ellas era lo que era ahora: un monstruo.
Seguía siendo humanoide, pero al adjuntarse parte de otros seres había cambiado su aspecto y su ser tanto interior como espiritual. Donde antes existiese un brazo derecho normal había ahora un brazo más largo rematado en una garra y decorado con una infinidad de escamas añiles; lo que fuese en un pasado una melena rubia y lacia era ahora una serie de mechones acompañados de unas finas y delicadas víboras que se mantenían calmadas, y que siendo del mismo color que el cabello, solo podían ser detectadas por un ojo avizor; sus pies, otrora humanos, eran una especie de garras como de león; su brazo izquierdo era de un tono verde oliva y de los poros salían un sinfín de agujillas, que de lejos simulaban o pasaban por cabello. Su torso desnudo era del mismo verde oliva, y enrollada en su cintura se hallaba una extraña cola. Sus ojos, antes grises, tenían el color del oro y su pupila otrora redonda cambiaba entre esa forma y la verticalidad.
Esta era la apariencia que tenia Ardolik el mago azul, este era el monstruo que habitaba Rocacolmillo, este era el monstruo en el cual se había convertido, de humano solo le quedaba la forma del cuerpo y el faldellín que cubría sus partes pudendas.
Ardolik sintió que era observado, sintió aquel peso que se percibe en la nuca y que es señal inequívoca de que uno es presa de una o varias miradas atentas. Con parsimonia dejo la saliente y se internó en una floresta que había detrás de su antiguo puesto de observación, consiente de que era observado comenzó a caminar por el bosque con calma, tratando de que los depredadores o el depredador que le acechaba no se percatase de que él era consciente de la situación. Rápidamente y silbando una alegre tonada que recordaba de sus años de humanidad, cuando el ansia de poder no lo había llevado al extremo de apartarlo de la raza a la cual pertenecía, llegó a un claro del bosque donde se hallaban las arañas, se sentó de espaldas a un gigantesco roble y fingió estar descansando.
—Esta descansando, mi señor —comentó el viejo de la cicatriz a Guideron. El elfo lo observó con aquellos ojos azules de hielo y el viejo casi pudo sentir el verdadero significado del miedo.
—Preparaos para atacar —fue su escueta respuesta.
Ardolik observó a los cuatro hombres salir de entre los setos, espada en mano y aullando como posesos. El mago azul se puso de pie. El primer mercenario lanzó un golpe vertical que el mago detuvo con el brazo izquierdo. La espada cercenó el miembro limpiamente, pero ante la mirada atónita del hombre un nuevo brazo surgió en un parpadeo del muñón sangrante. Con el nuevo brazo le golpeó de pleno en el rostro, arrojándolo lejos, como si de un pelele se tratase. Luego se giró hacia el segundo más cercano y lo miro con sus áureos ojos; lo último que aquél pobre infeliz y los otros dos que le acompañaban vieron fue un destello blanco, y donde antes estuviese un hombre armado, de carne y hueso, había una estatua de piedra.
El tercero se detuvo en seco ante aquella demostración de poder, su titubeo le costó la vida pues Ardolik lo tomó por el brazo y, a una orden de cerebro, la cola de escorpión se liberó y lo aguijoneó varias veces. El cuarto no lo pensó dos veces y trato de poner pies en polvorosa, pero el mago azul tenía muchos más trucos: lo señaló con su brazo derecho y una descarga de energía eléctrica, similar al aliento de los dragones azules, surgió de su palma abierta y fulminó al pobre diablo.
Guideron observó todo esto con calma, y con una sonrisa en los labios se apresto a actuar.
—¿Quién los habrá enviado? —se preguntó Ardolik, a la par que registraba los cuerpos—. De seguro el Cónclave —gritó, hecho una furia—. Me quieren matar ¿creen esos pobres diablos que este será mi fin?
La respuesta a su grito llegó en la forma de la saeta de una ballesta que se le incrustó en un hombro. Ardolik se revolvió, tratando de extraérsela, pero otra surgió de la nada y se le enterró en el rostro; las dos saetas le dieron que pensar.
—Salgan, malditos, den la cara.
Complaciendo su petición apareció ante él un elfo, de piel nívea, ojos azules y una mirada tan gélida que podría congelar las mismas llamas del infierno, y de un cabello áureo que se hallaba recogido en diminutas trenzas. El elfo iba vestido de negro y blanco y llevaba en la mano una ballesta.
—¿Quién diablos eres?— le gritó
—Tu acreedor y tu verdugo, si te opones a mis deseos.
—¿Y qué deseas?
—Una gema Naranja–Carmesí que, supongo, se halla en tu poder.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes —le espetó Guideron—. Y será mejor que me la entregues cuanto antes.
—Nunca —gritó el mago azul lleno de furia—, ella es la razón de mi auge y ella me permitirá perfeccionarme y asaltar la Torre de Alta Hechicería de Wayreth. Ellos te mandaron… Ellos te mandaron… Te mataré y acabaré con ellos… lo Juro por Argon.
—Me parece muy bien, pero… creo que yo le daré un uso mucho mejor —dijo Guideron, y antes de que Ardolik reaccionara tomó su flauta e inició el cántico que despertaba a la naturaleza.
Ardolik eludió el primer golpe, pero no el segundo. La naturaleza se había vuelto contra él, los árboles y las raíces habían cobrado vida y lo atacaban. Él trató de defenderse pero sus poderes poco afectaban a los árboles, solo su fuerza de troll y su capacidad de lanzar rayos, cual dragón azul, le permitían mantenerse en pie.
Guideron observó con calma cómo se desenvolvía la lucha. A pesar de que ni su rostro ni sus ojos traslucían emoción alguna, Guideron sí era capaz de disfrutar y sentir… y en aquel momento estaba disfrutando un mundo; no solo porque estaba humillando al paranoico mago azul, sino también porque estaba creando música; la música y el arte eran su vida, el fuego que animaba la sangre de sus venas; era todo y nada… era su mundo.
Así pues que fue solo cuestión de instantes para que las raíces, bajo el control de Guideron, por medio de la intersección del Modo Chemita, capturaran e inmovilizaran al mago azul.
—Como ves no me ha sido difícil vencerte—comentó.
—¡Ah! Sí —respondió el mago, entre divertido y supuestamente sorprendido, mientras que dirigía su mirada a los ojos del elfo y cambiaba la forma de su pupila. Guideron se dio cuenta de lo que trataba el mago, pues había visto luchar con los mercenarios; además, cada vez que utilizaba el poder de la gorgona, las serpientes de sus cabellos se levantaban frenéticas.
Consciente de aquello Guideron dio uso a su nuevo recurso: el Modo Kinthaliano o Sargonnita. Este fue combinado con una canción infantil un tanto molesta y desdeñosa que, cualquiera hubiera subestimado.
Ardolik sintió en carne propia cómo todas las partes nuevas y ajenas que conformaban su ser se rebelaban contra él y pugnaban entre sí. La sangre de troll, la de medusa, la sangre de mantícora y la sangre de dragón azul, todas luchaban por la supremacía del cuerpo que compartían.
—Accederé a tus deseos… maldición, pero detén esa infernal tonada —gritó con toda la fuerza que sus pulmones le permitían. Divertido hasta lo más profundo de su negra alma, Guideron continuó con la tonada un rato más, luego se detuvo y tocó de nuevo el modo Chemita ordenando a las plantas que requisaran el faldellín del mago.
Como era de esperar, la gema estaba ahí. La tomó y la observó con calma. Ya casi podía sentir la inspiración filtrándose a través de todos los poros de su piel.
—Y, ¿qué va a pasarme? —inquirió el mago azul, que según podía verse estaba exhausto después de aquella contienda consigo mismo.
—Serás un buen niño y te quedaras ahí —le respondió Guideron mientras le daba la espalda y se alejaba.
—Mátame… Mátame, maldito, o te daré cacería durante todo lo que te reste de vida… —gritó.
—Ya he oído estas palabras antes —respondió Guideron—. Y, realmente, no las temo —agregó mientras se alejaba del lugar. Ardolik observó como el elfo se perdía de vista y desaparecía en el atardecer, en medio de una melancólica tonada que de veras le llegó a su mutante alma.


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