viernes, junio 05, 2009

El Trato (Relato inconcluso)





-Debido a la magnitud de su crimen, su cuerpo no yacerá con el de los demás miembros de esta notable comunidad-estas palabras fueron recordadas por Melisa mientras sus lágrimas recorrían con presteza sus mejillas. El hermano Orbin le había negado tajantemente el tener una tumba con el resto de la comunidad y con la de sus padres, solo por que Cecilia se había quitado la vida. La joven se limpió las lagrimas y volvió a prestarle atención a la piedra que tenia al frente, debía terminar aquella lapida antes de que amaneciera.- Su cuerpo debe ser destruido-replicó en aquel momento el mismo sacerdote, pero el hermano Lennard, una figura delgada y nerviosa, intercedió por ella y gracias a su intercepción su amiga tenia una tumba.

-Tranquila Melisa-dijo la joven mientras golpeaba con más fuerza la piedra para darle forma al nombre de su amiga. Las herramientas que usaba eran toscas e improvisadas, ya que nadie en el pueblo se dignó a asistirla. Ella, una simple y huérfana mesera, decidió darle un funeral digno a su amiga sin ninguna ayuda. El sitio elegido era bonito, una pequeña colina a la sombra de un gran árbol; aquel había sido el lugar preferido de Cecilia cuando estuvo viva, la joven de áureos cabellos recordó, que más de una vez, cuando tenían tiempo ambas habían venido a aquella colina para soñar y disfrutar la vista de la ciudad de Taolund.

-Espero que algún día llegue un caballero en brillante armadura, que sea guapo y me tome entre sus brazos y me lleve lejos de esta provincia-dijo Melisa más de una vez en aquellas tardes y momentos en los cuales pudieron entregarse a los placeres del soñar despierta.

-Yo espero que el mío tenga tierras y dinero-dijo- no me importa si es apuesto o no, siempre y cuando me aleje de Istar- respondía Cecilia quien era mucho más pragmática. Ahora, mientras trabajaba en su tumba, Melisa no podía dejar de recordar que su amiga siempre se había mostrado poco conforme con el lugar que le había tocado habitar; ahora que solo ella lloraba por su amiga, y que solo ella cavó su tumba y tallaba su lapida sabía por que su compañera del alma despreció en vida aquel pueblo.

-Una vez que acabé con tu lapida no tardaré mucho tiempo en dejar esta tierra-le dijo a su amiga mientras comenzaba a golpear con más frecuencia y fuerza- cumpliré tu sueño- le dijo entre lagrimas.- Me iré de este lugar-finalizó entre sollozos y cual autómata continuó su labor.

Mientras Melisa, cual enano minero, descargaba su pesar sobre la piedra, no se percató del paso de las horas, ni sintió sed, ni hambre y mucho menos el sueño la embargo. Solinari ya se había perdido y solo Lunitari iluminaba el cielo despidiendo sobre este aquel resplandor rojizo que tantas canciones y cuentos había inspirado.

Al cabo de unas horas Melisa finiquitó su trabajo, apenas había luz para finalizar los detalles, pero sabía que su amiga estaría a gusto con lo que ella hubiese hecho. Soltó el martillo tosco e improvisado y lanzó lejos el pedazo de metal que había usado como cincel. Se tiró de espalda en el suelo y sin importarle si su vestido se ensuciaba o no se dejó llevar por las alas del sueño.


Los sueños de Melisa fueron hermosos y alegres, pudo ver de nuevo a Cecilia, tal como la recordaba con su pálida piel, sus cabellos negros y sus ojos avellana; también recordó su mentón fuerte y el hoyuelo que tenia allí. –Me encantan tus rasgos solamnicos-le había dicho más de una vez en vida, y se lo repetía de nuevo en aquel dulce sueño. Cecilia se limitó a sonreír como siempre lo hacia y Melisa no pudo evitar acompañarla, sabia que sonreía para no llorar. Taol era una de las provincias más cercanas al oeste, aquel sitio siempre había estado bajo la influencia de los solamnicos, muchos habían emigrado a esa zona y se habían labrado una vida; habían cooperado con el imperio en las duras y las maduras. Pero llego un momento en el cual Solamnia e Istar se molestaron.

Muchos solamnicos se fueron de Istar; algunos que tenían mayores vínculos se quedaron, se habían casado con nativos y aquella tierra había calado hondo en sus corazones, ya no había nada en Solamnia para ellos. Pero al fanático vulgo aquello poco le importó, a aquellos solamnicos se les conoció como rezagados, se les veía como espías, con suspicacia y se les imprecaba su naturaleza ajena; a los adultos poco les importaban esas cosas, por que realmente se hablaba mal de ellos a sus espaldas; pero por el contrario a los niños si les pesaba.

Se dice que no hay ser o monstruo más parco y cruel en sus acciones y expresiones que un niño. No hay criatura en todo Ansalon que aprenda más rápido que un crío, y no hay ser que le guste poner en practica su aprendizaje de forma inmediata como a los niños. Así que estos aprendieron, de sus padres, a odiar a los solamnicos y a sus hijos mestizos. Los hostigaban, molestaban, acosaban, atacaban todo el tiempo y los padres de ningún bando podía hacer nada por que eran cosas que los niños debían resolver por si mismo. ¡Que equivocados estuvieron! A Cecilia le hubiese gustado que durante su infancia y aquellos continuos ataques su padre hubiese intervenido; pero no fue así. La infancia y adolescencia de Cecilia fue siempre difícil.

-Si, maldito pueblo que nunca te apreció-le dijo Melisa mientras se ponía de pie y se sacudía, el polvo.

-Generalmente no se nos aprecia hasta que la muerte nos reclama-replicó una voz y Melisa no pudo evitar retroceder unos cuantos paso y lanzar un grito de terror; trató de salir corriendo, pero cuando se dio cuenta todo el sitio estaba cubiertos por nieblas. De repente una luz apareció detrás del árbol.

Melisa había escuchado a viajeros hablar de los Will-ó-Wisp, unas extrañas luces que recorrían los pantanos y atraían a los incautos para darle muerte. Durante un buen rato pensó que aquella luz que se acercaba era uno de esos fuegos fatuos homicidas; pero cuando esta terminó de acercase se percató de que era una figura encapotada.

-¡No tengo nada de dinero!-dijo la joven mesera- pero tengo una daga aquí si trata de arrancarme mi virtud a la fuerza le daré… muerte-amenazó.

-No me interesa su “virtud”-dijo la figura mientras se acercaba a la lapida recientemente tallada, una vez que estuvo cerca de esta se agachó y acercó la luz.- Es un bonito trabajo, mi apreciada Cecilia estaría a gusto con este trabajo.

-¿Usted era amigo de Cecilia?-preguntó Melisa.

-En efecto- replicó el encapotado mientras con fuerza clavaba su antorcha al suelo y se arrodillaba frente a la tumba de su amiga, juntó sus manos a la altura del pecho e inició una letanía en una lengua que Melisa desconocía.

La joven esperó que el hombre terminase de orar, durante un buen rato pensó en salir corriendo pero la extraña niebla y la falta de luz la disuadieron de llevar a cabo semejante e insensata empresa.

-Muy bien-dijo el hombre y levantó su vista.

-No lo conozco-repitió la joven-Yo conocía a todos los amigos de Cecilia, su voz y aspecto no me es conocidos.

-¿Segura?-inquirió el hombre mientras se despojaba de la capucha y dejaba al descubierto su rostro, algo en aquella mirada le hizo dudar a Melisa. El hombre era moreno, su nariz era un siete perfecto, su barbilla fuerte le recordó a su amiga, sus ojos era verde esmeralda y rasgados como los de un felino, su cabello negro estaba recogido y una perilla decoraba su boca. El hombre le sonrió y ella pudo ver unos dientes tan blancos como perlas, amén de estar completos.- Que vergüenza- replicó él- mi nombre es Melquíades

-¿Cómo se entero de la muerte de Cecilia?-atacó rápidamente la jovencita.- ¿Hace cuanto lo sabe?

-Hace dos días-dijo –Un pajarito me lo contó-agregó y la joven se asombró de que supiese que su amiga había muerto hacia dos días, pero hasta donde ella tenía conocimiento, nadie había dejado el pueblo durante eso días. –Estaba por las cercanías y le pregunte a un parroquiano sobre la mejor taberna de Taolund y me dio la noticia; lo demás para hombre de mi envergadura fue muy fácil.

-¿Cuándo conoció a mi amiga?

-Hace tiempo, cuando pase por aquí con una caravana que venia de las Islas de Nordmaar y se dirigía a Xak Tsaroth, pasamos antes por Istar, para comerciar- agregó- Soy de Ergoth-agregó con una deje suave como un ronroneo. –Durante mi estancia tu amiga y yo nos conocimos y tuvimos un encuentro cercano- agregó.

Melisa no recordaba ninguna caravana que hubiese llevado a cabo semejante periplo; estuvo a punto de llamarlo mentiroso pero algo en el fondo de su ser no se lo permitió.

-Su muerte es…- hizo una pausa-Algo muy duro para mi, recuerdo que le pedí a ella un favor durante aquella jornada, y fue que rogase por mi en sus oraciones-agregó.- alguien con mi trabajo necesita toda la ayuda que le sea posible ¿Verdad?- preguntó Melquíades y Melisa guardo silencio y de repente recordó que su amiga si oraba todas las noches y tenia a varios en sus oraciones.

-¿Sabes como murió tu amiga?-preguntó-¿Por qué su cuerpo no esta enterrado en el cementerio del pueblo?

-Por que Ceci se ha quitado la vida. El hermano Orbin dijo que ese pecado ameritaba un castigo.

-¡Que viejo más despiadado!-replicó el hombre-¿Qué razón tendrían una joven tan alegre y bella como Cecilia para tomar su vida?

-Ninguna señor, ninguna

-Ya veo-replicó él-Entonces aquí hay un gran felino encerrado-replicó.

-¿Qué dice usted?-preguntó-¿Qué la forzaron a quitarse la vida? –agregó mientras se ponía de pie aterrorizada.

-En efecto-replicó Melquíades, mientras se ponía de pie.

-Y yo creo saber quien fue-replicó él. Melisa al escuchar aquella semejante incongruencia retrocedió un par de pasos.

-Eso es imposible- replicó ella- nadie le deseaba mal alguno, ella no le hizo mal alguno, y usted no estuvo aquí.

-Pero si la odiaban-dijo Melquíades con un tono de voz que le recordó a la joven la suavidad del viento- les recordaba a sus padre solamnicos, era una zorra, muy afectuosa ¿Verdad?

-No entiendo.

-Si entiendes- replicó él mientras rodeaba la tumba, Melisa deseó salir corriendo pero no pudo hacerlo algo impedía que se moviese. Su corazón comenzó a latir con fuerza y de repente se percató de que hacia frío. – Todos la odiaban, era un zorrita, una cualquiera, una traidora, por sus venas corría sangre de solamnico, de extranjeros, también corría sangre de una istariana, una traidora que había puesto el placer de la carne por encima del deber para con su nación, para con sus dioses.- agregó

El miedo que atenazaba su corazón se relajó y Melisa salió corriendo colina abajo, en medio de aquella niebla y la oscuridad. Nada le importaba solo deseaba escapar de aquel loco. De repente tropezó con una piedra y se cayó. Trato de ponerse en pie pero no pudo sus piernas no le respondían, le dolía todo y sentía que sangraba por muchas partes. Pero ¿Cómo podía tener eso sentido si apenas había resbalado? No había rodado cuesta abajo ¿Por qué estaba tan severamente herida? Levantó su vista y allí con antorcha en mano y frente a ella se encontraba el hombre.

-Pequeña-dijo-¿Has visto el daño que te has causado?-preguntó con un deje maternal en la voz

-Todos la querían.

-Mientes-le dijo- hasta una parte de ti la odiaba y por eso no te percatabas de su dolor, solo la usaste para mitigar el tuyo- agregó- dos huérfanas, meseras y descarriadas, solo se tenían una a la otra.
-No la odiaba-gritó con fuerza ella.

-Si lo hacías-replicó él- una parte de ti, por eso ella comenzó a visitar al hermano Orbin, se sentía relegada, deseaba hallar un amor incondicional y mayor, el amor que Bah´muth no le negaría y que sus iguales si lo hacían.- agregó

Melisa rompió a llorar y trató de moverse, esta vez si pudo, pero solo alcanzó a quedarse de rodillas. Se observo las manos y se percato que estaban bañadas de sangre.

-Yo la amaba con todo mi corazón-replicó ella.

-No te creo.

-Si la amaba-gritó con fuerza y Melquíades se limitó a sonreír.

-Entonces véngala- dijo Melquíades en tu tono muy parco.

-¿De quien? ¿Cómo lo hago? Solo soy una meserilla, no soy una aventurera, ni una gran guerrera, ni muchos menos una maga, sacerdotisa o asesina, no soy nada. –replicó y acto seguido rompió en llanto.

-Yo te ayudare.- dijo y se arrodilló frente a ella- te vengaras de Orbin; el abusó de ella, una y otra vez con la excusa de purificarla. ¿Sabias que estaba en cinta?- le preguntó y Melisa le respondió que no con la cabeza-Luego te vengaras del pueblo que las ha despreciado siempre-ella asintió.

-¿Cómo?

-Con mi ayuda-dijo el – ¿la aceptaras?-agregó y la tomó por el mentón para que pudiese verle los ojos. Sus rasgos habían cambiados, sus ojos eran más rasgados, de su frente surgían dos cuernillos y sus orejas eran picudas como la de los elfos; de repente un olor a azufre la azotó; pero a pesar de aquello ella no tenia miedo.

-Acepto-dijo-dame el poder para vengarme-agregó tranquilamente sin expresar emoción alguna. Melisa estaba quebrada, llena de odio y miedo, llena de pesar.

Melquíades se acerco a su cuello y se lo lamió, ella sintió un gran placer en todo su cuerpo, sintió como el dolor causado por las heridas remitían. Luego sintió un mordisco en el lugar que le había lamido, sintió como sus fuerzas se le escapaban a medidas que Melquíades mordía con más fuerza y succionaba la zona. De repente sintió un dolor agudo y una debilidad muy fuerte.

-Déjame-le dijo y trató de empujarlo. El hombre se detuvo y paso a darle la cara, su hermosa boca estaba decorada por dos gigantescos colmillos bañados en sangre.

-¿Qué ocurre querida?-preguntó, durante unos segundos Melisa sintió pánico pero al ver el brillo en aquellos ojos no pudo oponerse. –Se que duele, pero pasara, y cuando remita serás una nueva criatura y juntos nos vengaremos, ya veras.-agregó y reinició su labor.

Una vez que Melquíades volvió a succionar la su sangre, Melisa se perdió, se encerró en sus recuerdo y solo permitió que el deseo de venganza la poseyera. Ya nada importaba.


***

Lennard levantó la vista para disfrutar del cielo estrellado, esperaba ver la constelación de su deidad patrona: Mishakal en toda su gloria, pero el cielo nublado no se lo permitió. Jirones densos de nube solo dejaban ver a Solinari, confiriéndole un aire siniestro, y las únicas constelaciones visibles por ratos eran la de Argon, Chemosh y M´Fisto. –Que mi madre santa vele por mi camino- dijo el joven mientras llevaba su mano izquierda al medallón con el símbolo del infinito, y con la diestra realizaba el mismo símbolo en el aire como guarda contra aquella impía trinidad. –Vamos Mohína aprieta el paso- le ordenó a su mula y luego le dio un azote para que la bestia obedeciera.

-No debiste dejar la taberna del pueblo más cercano-se dijo después de un rato, el camino estaba oscuro y solo, podía ser asaltado, pero sabia que no lo seria, algo en el fondo de su ser ¿Tal vez Mishakal? Le aseguraba que no sufriría daño en el trayecto, pero esa misma parte de su ser aún le criticaba el haber viajado por la noche.-Ha sido una insensatez- afirmó cuando levantó su vista y se percató de que las blasfema alianza seguía aún visibles. De nuevo realizó el gesto para expulsar el mal de ojo y la mala suerte y volvió a acicatear a su mula.

-Piensa en algo bonito y agradable-se ordenó y como era de esperar en alguien tan sumiso como él paso a llevar a cabo la orden en segundos. Recordó rápidamente la única taberna de Taolund.- La Casa de Chancho- musitó y casi pudo oler su pan recién horneado y sentir en su lengua la mejor cerveza de todo el imperio. Luego desvió sus recuerdos en otra dirección recordó al ameno Ferguson, el herrero del pueblo, un hombre de dos metros y medio de altura y la musculatura de un ogro, pero con el alma de un ser inocente. También a la señora Rosen con sus pasteles y empanadas, y al final la figura que más le alegraba el corazón: la mesera Melisa.

-Hace un mes o más que no la veo ¡ah Mohína!- dijo a su mula- la ultima vez que la vi estaba de luto por el suicido de su amiga Cecilia.- sintió una punzada en el vientre y el corazón al recordar a la joven suicida. A pesar de no haber tenido nada que ver con lo ocurrido, Lennard se sentía culpable por haberse visto en la necesidad partir sin poder ayudar a Melisa para que se recuperara emocionalmente de aquella perdida.

Por tercera vez Lennard levantó la vista a los cielos y se percató de que las nubes se negaban a descubrir a las demás deidades, aquella noche solo Argon, Chemosh y M´fisto serian observados por el mundo. Durante un buen rato sopesó aquella situación tan inusual y en su mente comenzó a rondar la idea de que aquello era un augurio, un muy mal augurio ¿Pero de que? ¿Se lo enviaría Mishakal o aquella trinidad impía? Si se lo enviaba su patrona seria una señal a tener en cuenta, si lo enviaba la trinidad, también seria una señal a tomar en cuenta, salvo que esta última diría algo así:- Aún esta a tiempo para retroceder, vuelve y no nos retes. Lleno de incertidumbre y pánico Lennard levantó una plegaria a los cielos para que lo resguardasen de todo mal y luego inicio una canción dedicada a Mishakal.

La ciudad, como era de esperarse a aquellas horas, estaba en absoluto silencio. Las calles vacías, aquel lugar era seguro. Y una que otra vivienda tenia una luz brillando con algo de fuerza. Lennard sentía que los cascos de Mohína sonaban como truenos, aun así se mantuvo erguido en su asiento y continúo su recorrido hacia el centro del pueblo donde se hallaba el templo. Durante su viaje por las calles creyó ver una que otra sombra por las esquinas, unos ojos rojos en un callejón o susurros siniestros traídos por el viento.

Ya había cantado todo su repertorio, ya no sabia como rogar ayuda a su deidad, así que inició sus oraciones para darse fuerza. Las dedicó a su voluntad, a sus superiores y por el bien del mundo, razones para orar no le faltaron, aunque la única que tenía verdadero peso era las que rogaban por más valor. Al final llegó a la plaza, desmontó y con calma guió a su mula hacia la parte trasera del templo. Sabía el joven Lennard que la entrada principal estaría cerrada y que seguro el hermano Orbin estaría durmiendo en alguna de las alas.

El templo de Taolund era modesto, visto desde arriba parecía una gran “T” en el centro se hallaba la nave principal con un altar dedicado a Paladine, con dos altares menores uno dedicado a Mishakal y el otro a Kiri-Jolith. Cada altar debía de ser cuidado por un sacerdote que tuviese a ese dios como patrón. El hermano Orbin cuidaba todo el templo y servia al Dragón de Platino y él servia a Mishakal, el altar de de Kiri-jolit también era cuidado por Lennard, por que quien debía cuidarlo abandono el pueblo hacia mucho tiempo. Lennard ya no lo recordaba, solo sabia que había sido un joven impetuoso que no quiso ponerse a las órdenes del maestro Orbin y la Iglesia de Paladine.

El ala Izquierda contenía un almacén donde se guardaban las vituallas y otras cosas, era un sitio que Lennard conocía muy bien. Por su lado el Ala derecha poseía la cocina, ciertas habitaciones y los dormitorios. Las dos Alas estaban unidas por medio de una serie de pasadizos que se encontraban detrás del la nave Central. El joven se acercó a la entrada, sin pensarlo mucho, especialmente después de llevar a la mula a su lugar de descanso, ponerle agua y avena, entró al templo. Los pasillos estaban a oscuras, pero al joven poco le importó, los conocía a la perfección, y si bien era cierto que hace unas cuantas horas en el camino había estado muerto de miedo, ahora no sentía ni una pizca; el templo le daba esa fuerza que lo había abandonado en el descampado.




2 comentarios:

soldier123 dijo...

interesante relato,los vampiros me encantan simpre que sean oscuros y tenebrosos

WilliamDargates dijo...

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