La gélida Justicia
Las explosiones lo obligaron a moverse más rápido. Correr por la nieve y el barro era difícil, cada paso era una proeza, pues sentía el vacio que se generaba cuando levantaba sus piernas. El dolor en sus juveniles coyunturas se manifestaba con un ardor que no cesaba, sino que se magnificaba a cada paso. Aun así, debía mantener cierto ritmo pues su vida estaba en juego.
Volteó rápidamente y observó que su perseguidor aun estaba detrás de él. Era un hombre alto de cabellos dorados, vestía totalmente de negro y llevaba una vaporosa capa, sus ropas apenas tenían una decoración distintiva, salvo por los típicos cinturones donde se llevaban las pistolas y cuchillos. Tomando en cuenta su aspecto, uno pensaría que se trataba de un soldado o cazar recompensa convencional, pero había tres cosas que lo hacían destacar del resto de los simples mortales. Primero, no corría sino que caminaba con calma y seguridad, con la arrogancia única de quienes están acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos en el acto, además el barro parecía no molestarle. Segundo su rostro estaba cubierto por una máscara marfileña que carecía de rasgos, salvo por el ojo izquierdo que era rojo y hacia juego con sus áureos cabellos, y por último de su cuello pendía un collar con el Rosetón de la Inquisición.
Otro estallido de energía en las cercanías lo sacó de sus ensoñaciones y le compelió a correr con ahincó. Todos los músculos le ardían, y se le hacía difícil respirar, sentía que el corazón le iba a estar, no solo por el esfuerzo sino por el pánico que le generaba el inquisidor. Apresuró el paso, y en cuestión de segundos frente a él se hallaba la iglesia local, allí encontraría refugio seguro.
—No te esfuerces tanto— dijo el inquisidor mientras disparaba su arma. El sonido del disparo lo aturdió y le hizo caer al piso. La nieve y el barro, en otra situación, le habrían molestado y hasta lastimado la piel, pero aquel momento era diferente pues solo sentía a su corazón latir y en su mente se hallaba una idea: iba a morir a manos de Gwain Kane.
—Esto era inevitable, pequeñín— dijo Gwain mientras levantaba su arma con calma y apuntaba al niño que se hallaba tendido en medio de la nieve y el barro. El inquisidor dejo de escuchar los silbidos y disparos de la guardia miliciana local, pero no dejo de escuchar los pesados pasos de la bestia que se dirigía hacia él.
Apenas tuvo tiempo de esquivar a la criatura, que apareció de la nada para interponerse entre él y su presa. La observó con calma e interés, pues aquel era el temible Lobisón de Azafrania. Aquella bestia era difícil de describir, parecía un hibrido entre un simio y un lobo. Su torso, hombros y brazos eran más grandes y robustos, terminaban estos en unas afiladas garras, por su parte las piernas eran mucho más pequeñas. Su cabeza era cónica, con un par de orejas puntiagudas, unos ojos carmín, una boca llena de afilados dientes y una lengua roja que entraba y salía de hocico a gran velocidad.
—Eres resistente— masculló el inquisidor— lástima que todo terminará aquí, para ti—rápidamente Kane volvió a apuntar al niño, pero la bestia reaccionó antes de que el inquisidor apretara el gatillo. Saltó hacia él, rugiendo con todas sus fuerzas y presto para hacerlo picadillo.
Solo se escuchó el impacto de una bala y el aullido de dolor del lobizón al caer pesadamente en medio de la nieve y el barro. Gwain no tuvo que voltear para saber de dónde provino aquel disparo, pues entre su comitiva estaba Halascor Tyr el mejor francotirador de todo el subsector.
—Qué hermoso ¿no te parece? El ver que hay lealtad e inocencia en un corazón dominado por el caos— comentó Gwain mientras observaba la información que los sensores en su máscara le transmitía. A través de ellos pudo ver como el sagrado hálito de la vida se escapaba de aquel abominable cuerpo— Dime pequeño ¿Cuál será el siguiente paso?
La expresión de terror, que hace unos segundos decoraba el rostro del niño, se torno en una expresión de absoluta perfidia. Sus ojos, otrora verdes, se volvieron carmín y el aludido se levantó con calma del suelo sacudiéndose la nieve y el barro.
— ¿Cómo te diste cuenta?— inquirió el pequeñín con una atronadora voz que contradecía su aspecto.
—Engañaste a todo el mundo en esta mugre aldea— replicó Kane con calma— pero a mí no me engañaste. Tenía mis dudas, sin pena alguna te lo confieso; pero estas se confirmaron cuando la bestia te observó atado al altar propiciatorio. Tú fuiste capaz de ocultar tus verdaderas emociones; lo hiciste muy bien, eres un gran actor. Pero esta mascara tiene sensores muy finos, tus gritos me decían una cosa, y la química de tu cuerpo me dijo otra—. Acto seguido tocó su máscara— fuiste capaz de mentir, pero ella no pudo ocultar lo que sentía— finalizó mientras señalaba a la bestia.
—El caos es impredecible, sabes— dijo el niño con tristeza mientras observaba al lobizón—Es capaz de crear a la mejor máquina de matar de todos los tiempos. Y a su vez hallarla insuficiente, para acto seguido…
—Dividirla en dos— le cortó Kane— creando un poderoso y letal cuerpo pero carente de inteligencia, perfidia y poseedor de un noble corazón por un lado. Y luego crear un cuerpo débil, inmutable y carente de todo poder, pero poseedor de una mente prodigiosa, y del corazón más corrupto de todos los tiempos, por otro lado.
—Destinados a convivir y cooperar— agregó el niño — totalmente contradictorio y sumamente molesto.
—Especialmente para ti
—En efecto, inquisidor.
Una briza gélida hizo acto de presencia obligándolos a guardar silencio, mientras el ululante viento pasaba. Los sensores en la máscara de Kane detectaron como lo guardias se iban acercando lentamente con sus armas prestas en caso de que el cadáver se levantara, y como desde la iglesia los aldeanos lo observaban con reverencia y temor.
— ¿Estabas al tanto de que te amaba?
—Sí— respondió— y lo odiaba con todas mi fuerza por eso. ¿Cómo podía ser tan poderoso y a la vez tan débil?
—Las contradicciones— replicó Kane— allí es donde subyace la belleza y la letalidad del caos.
—Sí, las contradicciones…
—La bestia no era débil; poseía una debilidad que no es lo mismo— dijo Kane— esa limitante eras tú. Aun con un buen corazón, ella pudo ser mucho más de lo que era, sin importar el camino que eligiese. En cambio, tú nunca podrás ser más de lo que ya eres. Te domina el odio y la autodestrucción, eres estéril.
—Cállate— grito el niño con su atronadora voz— dadme muerte y cierra el pico de una buena vez.
—Esto no terminará así.
—Dime sabiondo ¿Cómo terminara esto?— inquirió el niño.
Gwain Kane, con calma se quitó la máscara, dejando al descubierto un rostro que era delirio de muchas mujeres, hasta que estas lo observaban por segunda vez. Su piel era nívea, sus labios carnosos y rosados, su nariz perfecta, sus ojos de un verde esmeralda inigualable, pero su mirada era gélida. No había en ella rastro alguno de compasión o cualquier otra expresión, era la mirada atenta de un cazador, y sobre todo de un asesino.
El niño, a pesar de ser una criatura del caos, no pudo evitar sentir miedo cuando aquellos ojos se posaron sobre él. Trató de salir corriendo, pero el barro no le dejó y cayó de espalda en el suelo, aullando como un poseso.
—Te diré como esto terminará— respondió un impertérrito Gwain mientras apuntaba de nuevo al niño sin importarle lo que ocurría alrededor— terminará con un acto de justicia poética. Yo Gwain Kane, Inquisidor Imperial. En nombre del Santo Emperador, te acuso de traición, fratricidio, falta de fe. Te condeno a cargar con el estigma de tus crímenes por toda la eternidad, y te doy por prisión tu propio cuerpo.
Dos fueron los disparos que se escucharon en la aldea de Azafrania. Dos estallidos de un arma realmente potente, acompañados de los alaridos de dolor. Alaridos que maldecían al inquisidor y blasfemaban contra su Dios. Alaridos que provenían de un candoroso pequeñín, con una voz atronadora, que ahora sin piernas se revolcaba en un charco de barro, heces y sangre.
—Vivir incompleto y tullido será tu destino— masculló el inquisidor mientras se alejaba de aquel sitio, y con un gesto de su mano ordenaba a los guardias que se dispersaran; pues ya se había hecho justicia en aquel gélido día.

